Anoche fui a ver “Illia (¿Quién va a pagar todo esto?”), de Eduardo Rovner, al teatro 25 de Mayo. Con buenas actuaciones, sobre todo de Mercedes Funes (como lahija) y Arturo Bonín (como su histórico tocayo), la obra es muy recomendable.

“Illia” (quien va a pagar todo esto), es la historia de este hombre honrado que murió en la pobreza más absoluta en una cama de hospital público, con su único par de zapatos y una pequeña valija que contenía todas sus pertenencias, acompañado sólo por sus parientes más cercanos, vapuleado por los medios de comunicación y la indiferencia de la clase dirigente.”Illia” (Quien va a pagar todo esto), encierra solo una parte pequeña de nuestra historia, pero es una parte vital e importante que, a partir de sus relatos, nos deja enseñanzas, nos emociona y entristece a la vez y también nos deja una gran certeza: en 1966 se daba un golpe de estado. Por la Nación, por los hombres de buena voluntad, por todos nosotros, que no se repita nunca más.
Esa es la sinopsis que van a leer en todos lados. A esto, quiero agregar que no es sólo eso, sino también una muestra fotográfica de los 60, y música de la misma época entre que abren la sala y comienza la obra.
Más allá de conocer algo sobre la vida y la presidencia de Arturo Illia, aprendí y lloré. Lloré de emoción al escuchar las palabras decididas en contra de los intentos de explotación (al cancelar los contratos petroleros en el 63) y manipulación (en charla con Rockefeller). Lloré de bronca al ver cómo era tratado por los militares, los medios y la sociedad misma, al comparar su austeridad y manejo de sus fondos (y el de todos), con los despilfarres sistemáticos de cuanto político llega a los altos cargos. Me enojé al recordar las palabras de Perón, exiliado en España, apoyando al golpe del 66.
Las tortugas no sólo son símbolo de lentitud (la que a veces puede ser buena), sino también de sabiduría.
